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 OMC

 

Conferencia Ministerial de Hong Kong

AMÉRICA LATINA FRENTE A LA OMC

 

Eduardo Gudynas

 

La Conferencia Ministerial de la OMC en Hong Kong representa un serio desafío para los países latinoamericanos. Por un lado se repiten muchos de los problemas comerciales que han afectado las negociaciones multilaterales a lo largo de toda la Ronda de Doha, y que siguen sin resolverse. Por otro lado, la situación en América Latina ha cambiado, desencadenando nuevas exigencias de reformas en el régimen de comercio global.

El clima de las negociaciones comerciales globales está bien ilustrado por la presencia como nuevo director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC) de Pascal Lamy, el anterior comisario europeo de Comercio. Su intransigencia fue un ingrediente importante para explicar el fracaso de la Conferencia Ministerial de Cancún (México). Los países en desarrollo estuvieron muy cerca de lograr que uno de sus candidatos fuera el nuevo director general de la institución, pero tanto las presiones de los países industrializados como las desinteligencias en el Sur terminaron por favorecer a Lamy, quien justamente se despidió de Cancún diciendo que la OMC era una institución “medieval”, cuestionando su tamaño y resistiendo las medidas para mejorar la participación. Era obvio que al poner al frente de esta organización global a uno de los mayores defensores de medidas como los subsidios agrícolas, todas las conversaciones serían muy complejas y trabadas.

En ese terreno los países industrializados repiten una vieja estrategia. Estados Unidos, seguido por países como Canadá y Australia, reclama que la Unión Europea elimine protecciones y subsidios, especialmente en el terreno agrícola. Pero enseguida advierten que mientras los europeos no lo hagan, ellos mantendrán sus propias medidas de protección. Como respuesta, la Unión Europea ofrece medidas prácticamente insignificantes de reforma del comercio, en algunos casos mezcladas con sus propias polémicas internas, donde Francia siempre denuncia lo que califica como “concesiones”.

Las reacciones en el campo de los países en desarrollo son igualmente complejas. Algunas naciones, como India, buscan un nuevo balance entre medidas de protección (para sostener sus sectores agrícolas domésticos) y la liberalización del comercio, mientras que los grandes exportadores de agroalimentos del Sur, como Argentina y Brasil, desean una liberalización extrema.

Esta situación, que se repite en otros temas y donde los alineamientos son diferentes, deja en claro la complejidad de las negociaciones que deben concretarse en Hong Kong. Ante esa meta, en los últimos meses se ha pasado por casi todos los estados de ánimo posibles: el pesimismo dominó buena parte del año, para ser suplantado por cierto optimismo con la aceleración de las negociaciones, la presentación de una nueva oferta en comercio agrícola por parte de Estados Unidos y el lanzamiento de un borrador formal por parte de Lamy. Pero el pesimismo está regresando al no poder destrabarse las negociaciones en temas básicos como la intransigencia de la Unión Europea en mejorar su posición sobre el comercio agrícola, las incertidumbres que permanecen sobre los bienes industriales y temas específicos aunque de alto impacto, como el comercio del algodón. La propuesta de un “paquete de desarrollo” si bien busca despertar la simpatía del Sur, exige como pago el desmantelamiento de muchas protecciones para los sectores productivos más sensibles de los países en desarrollo.

La situación de América Latina frente a Hong Kong ofrece muchas nuevas particularidades. En primer lugar, casi todas los países del continente mantienen el crecimiento económico, reforzándose la importancia del sector exportador, y en especial en commodities. Incluso entre los países con crecimiento económico más modesto, como Brasil, la importancia de las ventas externas es enorme. Por lo tanto, para todos los países latinoamericanos Hong Kong es un escenario importante para mantener esas corrientes comerciales y lograr mejorarlas.

En segundo lugar, el peso de la región en las negociaciones posiblemente se ha deteriorado. El peso de los bloques, como la Comunidad Andina de Naciones o el Mercado Común Centroamericano es mucho menor y no coordinan posiciones frente a la OMC. En el caso del Mercosur, los problemas internos y las desinteligencias entre los socios impiden llegar a posiciones comunes y sacar mejor provecho en la OMC. En este escenario de débiles acuerdos, Brasil logra emerger del resto de la región y participa en muchos de las reuniones selectas de la OMC, llamadas de “sala verde”, en las que participa un grupo muy pequeño de países. Si bien esto podría interpretarse como una ventaja, también es cierto que Brasil no cuenta con el respaldo automático de las demás naciones latinoamericanas, como ya quedó demostrado en más de una negociación comercial.

En tercer lugar, en la Cumbre de las Américas celebrada en noviembre en Mar del Plata (Argentina) los países de la región quedaron divididos. Los países andinos (especialmente Chile y Colombia), junto a centroamericanos y caribeños, defendieron el relanzamiento de las negociaciones del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA). La oposición partió del Mercosur y Venezuela. Las implicancias de estas diferencias en el contexto de la OMC son importantes, en tanto en las discusiones del ALCA se repiten con mayor fuerza varios de los temas de desacuerdo a escala internacional.

En efecto, allí Estados Unidos ofrece una propuesta de comercio asimétrica, basada en liberalizar los productos industriales y servicios, mientras que mantiene protecciones en su sector agrícola. Washington sostiene que las concesiones en el comercio agrícola no se deben negociar en América sino en la OMC. Frente a esto, algunos países parecen haber renunciado a proteger su producción agropecuaria y aceptan las propuestas asimétricas de Washington. México y Chile ya han hecho esa renuncia y mantienen tratados de libre comercio con Estados Unidos, y otro tanto acaba de suceder con América Central. Por consiguiente, la agenda de esos países tanto en la región como en la OMC es muy distinta de las posiciones de los miembros plenos del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), donde se intenta promover el sector agropecuario, especialmente por medio de potenciar sus exportaciones.

El estancamiento de las negociaciones del tratado de libre comercio de Colombia, Perú y Ecuador con Estados Unidos tiene la ventaja de reducir la capacidad de presión de Washington a escala global, y ofrece a los países andinos una nueva oportunidad en Hong Kong. Es que en la negociación de ese tratado, cuestiones como los derechos de propiedad intelectual, el sector farmacéutico y el comercio agrícola fueron los principales puntos de desacuerdo y fricción. Cualquier avance en la OMC en esos temas podría reforzar la situación de los andinos para lograr un mejor acuerdo comercial con Estados Unidos. Pero incluso bajo esta situación, esa voluntad política no está clara.

En estos y otros puntos, América Latina aparece con diferentes posiciones en las negociaciones de la OMC. No se ha logrado una buena coordinación continental y ni siquiera hay acuerdo en exigencias mínimas de reforma del comercio mundial y de los procedimientos utilizados dentro de la OMC. Por otro lado, las posiciones de los países industrializados son nuevamente de una intransigencia extrema y aparecen teñidas de cierta petulancia. 

 

E. Gudynas es analista en CLAES D3E (Desarrollo, Economía, Ecología y Equidad - América Latina). Publicado en Tercer Mundo Económico No. 199, diciembre 2005, pp. 21 a 24. Se permite la reproducción siempre que se cite la fuente.

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